Las orgías del cavalieri



El 31 de julio, en el programa “DEC” (Donde estás corazón) de Antena 3, entrevistaban a Patricia D’Addario, la chica de compañía que destapó el escándalo de las fiestas de Silvio Berlusconi. Aunque el señor Berlusconi me parece un cretino integral por muchas y variadas razones, me pareció que la señorita D’Addario no solo no es una buena profesional sino que es una oportunista y posiblemente una chantajista. Una señorita que lleva una grabadora escondida y se dedica a registrar sus encuentros no es por casualidad. Según ella lo hace siempre porque en el pasado tuvo problemas con un cliente. ¡Qué casualidad que comentara a una amiga que tenía esas cintas y luego alguien entrara en su casa para robarlas! Además, al final de la entrevista, se nota que lo hizo por venganza pues “el cavalieri” le prometió ayudarla con los permisos de un proyecto inmobiliario que dejó inacabado el padre de ella al suicidarse. Al parecer se cumplió aquello de “mucho prometer antes de meter y después de metido nada de lo prometido”. Pero ¿qué se puede esperar de un presidente que se salta todos los protocolos en las reuniones internacionales y es famoso en el mundo entero por sus majaderías y comentarios machistas?

Lo más rocambolesco de todo es que el equipo de seguridad que rodea al presidente no hiciera ningún tipo de registro en el equipaje de las señoritas por si llevaban armas o, en este caso, grabadoras o cámaras. O que el que hacía de intermediario no buscara chicas de confianza. ¡Una chapuza! Al fin y al cabo no se trataba de un politicucho de tres al cuarto sino del Presidente de la República. Yo he asistido a fiestas fetish en Londres abiertas a todo el mundo donde tenías que mostrar el bolso y no dejaban pasar ni cámaras ni móviles con cámara para preservar el anonimato de los asistentes (gente corriente que no tiene tanto que perder como los políticos).

Una de las razones por las que los hombres casados o con cargos importantes contratan escorts es para tener sexo (o compañía) sin compromiso. Además, ligar requiere tiempo y esfuerzo, en cambio contratar una escort es cuestión de minutos. Una amante siempre esperará que el hombre se divorcie y pasar ella a ser la “primera dama”. La prostituta solo espera que le abonen sus honorarios y que sean limpios y agradables. Como dice Belle de Jour en un artículo (Why men really pay for sex), te acuestas con un futbolista y te hacen presentadora de un programa; te acuestas con un político y, si se descubre, tu vida profesional se ha acabado y tendrás suerte si consigues un puesto de cajera en un supermercado.

Una buena profesional debe ser discreta, todo lo que ocurra en una cita es secreto profesional y hay que guardar el “secreto de confesión”.

Lo curioso es ver como un suceso de este tipo es más o menos escandaloso dependiendo del país donde suceda. En los países latinos, aunque la influencia de la iglesia católica es grande, parece que no nos importa tanto con quien se acuesten nuestros políticos siempre y cuando no utilicen el dinero de las arcas públicas para costearse sus diversiones. En los anglosajones, puritanos y más hipócritas, es motivo de dimisión y ha acabado con la carrera de más de uno (Bill Clinton, ex presidente de Estados Unidos; Eliot Spitzer , gobernador de Nueva York; el senador republicano David Vitter, etc. etc.)


En una crítica sobre el libro de John B. Thomson, “El Escándalo Político”, Guillermo López dice:

“… añadiríamos que los escándalos sexuales tienen un fuerte poder de fascinación para el público por lo que suponen de humillación para el poderoso y, por qué negarlo, por la portera que todos llevamos dentro y que nos hace inmiscuirnos en la vida de los demás; todos sabemos que en principio no hay nada particularmente grave en el hecho de que un político sea un sátiro, pero es muy divertido saberlo...”.

“… La obsesión anglosajona por el escándalo sexual deriva no de una sana admiración por sus políticos, sino de la puritana mojigatería de sus poblaciones, impotentes (en el sentido abstracto del término) ante la observación de las proezas sexuales de otros y ansiosos por, vengándose de estas exhibiciones de “poder fálico”, ocultar sus propias frustraciones sexuales. En España, sin embargo, el escándalo sexual no es tal porque la reacción de los ciudadanos no es de indignación sino de camaradería (”bien hecho, machote”), la clase de camaradería que se da entre gente sin complejos, consciente de su poderío, y feliz de comprobar que nuestros más altos representantes no le van a la zaga (máxime si se da el caso de que el primero de todos sobre el particular fuera precisamente “El Primero de los españoles”)”